Pues tu...
Pasaban las 2:30 a.m, según mi desproporcionadamente grande reloj de muñeca, cuando ocurrieron los hechos que sustentan y motivan la totalidad de este texto.
Comienzo así, puesto que no existe preámbulo posible para los sucesos que aquí se relatan.
Yo estaba horizontalizado, como es costumbre, ocupando la mayor parte de cama posible y con el mando de la play entre las manos. Cuando digo ‘con el mando de la play entre las manos’ no quiero decir que lo estuviera sujetando por si venían a robármelo los gnomos (es lo que mas temo en el mundo), sino porque, obviamente, estaba jugando.
Comienzo así, puesto que no existe preámbulo posible para los sucesos que aquí se relatan.
Yo estaba horizontalizado, como es costumbre, ocupando la mayor parte de cama posible y con el mando de la play entre las manos. Cuando digo ‘con el mando de la play entre las manos’ no quiero decir que lo estuviera sujetando por si venían a robármelo los gnomos (es lo que mas temo en el mundo), sino porque, obviamente, estaba jugando.
Para una total inmersión en la experiencia jugable, yo que soy muy de creerme los eslóganes, el volumen del televisor estaba a un nivel más que suficiente, un nivel que permitía a mis vecinos apreciar mis avances sin necesidad de agudizar el oído en demasía. Ni que decir tiene que mi novia, de cuerpo presente, recibía la señal a tal intensidad que el concepto de ‘sonido envolvente’ quedaba en un puro eufemismo.
En fin, esta era la situación cuando, enderepente, como diría aquel y seguro que sería murciano, mi novia se decidió por romper el agradabilísimo climax con un grito desde la otra punta de la casa, o lo que es lo mismo, aproximadamente a dos metros de mi rolliza figura y ocupando el espacio que permite la circulación entre el frigorífico y el lavabo, un espacio conocido como cocina, comedor o recibidor, según los ojos con que se mire.
A lo que íbamos:
- ¿Quieres parar ya de jugar a la consola?
Lo sé, lo sé. Se que la única opción inteligente en estos casos es la más completa indiferencia, pero en esos momentos el juego me premiaba con una escena de video y me permití el lujo de cometer el grave error de contestar.
- ¿Por qué? – Porque jugar a la consola es de niños pequeños y pareces tonto.
Si he reproducido la pregunta y la respuesta de forma consecutiva y sin espacio de separación, es para tratar de ayudar a que se entienda el escasísimo espacio de tiempo ocurrido entre que me puse la soga al cuello y que mi novia quitó la silla, lo cual es directamente proporcional a lo preparada que tenía la respuesta.
Entiéndase que esta afirmación me pilló totalmente desprevenido ya que mi novia siempre ha sido de lo más permisiva con mis aficiones, es decir, cine, lectura, música, onanismo, videojuego y drogodependencia. Debo apuntar que ha llegado a participar incluso de alguna de ellas si lo requería la situación.
Entiéndase también que lo de ‘pareces tonto’ no me ofendió en absoluto y me pareció de lo más normal que lo subrayara, por que lo parezco. No lo hago aposta, pero me sale de dentro.
Volviendo al tema, el flujo de pensamiento que siguió a la bofetada dialéctica de mi compañera sentimental fue el siguiente:
1) ¡Touche¡
2) ¿Y a mi que me importa?
3) Será de niños pequeños, pero si entreno lo suficiente puedo ganarles a todos.
4) Se acabó la magia.
Efectivamente, se acabó la magia. El concepto, la idea, siempre había estado ahí, en miradas, gestos, indirectas, conversaciones torpemente cifradas con mi suegra, etc… Pero nunca, nunca, esa amenaza fantasma se había materializado contra mi persona, y eso era algo que yo valoraba mucho.
Supongo que todas las mujeres tienen dentro a una pequeña mujer, y por mucho que se esfuercen en ser compresivas y razonables, esa pequeña mujer acaba saliendo a la luz.
La miré a os ojos (con dos cojones), me callé, y seguí jugando.
Y entonces, un nuevo pensamiento se unió a mi larga lista mental, y pude terminar la velada con una media sonrisa que anticipaba la publicación de este post:
5) Pues tu roncas.
A lo que íbamos:
- ¿Quieres parar ya de jugar a la consola?
Lo sé, lo sé. Se que la única opción inteligente en estos casos es la más completa indiferencia, pero en esos momentos el juego me premiaba con una escena de video y me permití el lujo de cometer el grave error de contestar.
- ¿Por qué? – Porque jugar a la consola es de niños pequeños y pareces tonto.
Si he reproducido la pregunta y la respuesta de forma consecutiva y sin espacio de separación, es para tratar de ayudar a que se entienda el escasísimo espacio de tiempo ocurrido entre que me puse la soga al cuello y que mi novia quitó la silla, lo cual es directamente proporcional a lo preparada que tenía la respuesta.
Entiéndase que esta afirmación me pilló totalmente desprevenido ya que mi novia siempre ha sido de lo más permisiva con mis aficiones, es decir, cine, lectura, música, onanismo, videojuego y drogodependencia. Debo apuntar que ha llegado a participar incluso de alguna de ellas si lo requería la situación.
Entiéndase también que lo de ‘pareces tonto’ no me ofendió en absoluto y me pareció de lo más normal que lo subrayara, por que lo parezco. No lo hago aposta, pero me sale de dentro.
Volviendo al tema, el flujo de pensamiento que siguió a la bofetada dialéctica de mi compañera sentimental fue el siguiente:
1) ¡Touche¡
2) ¿Y a mi que me importa?
3) Será de niños pequeños, pero si entreno lo suficiente puedo ganarles a todos.
4) Se acabó la magia.
Efectivamente, se acabó la magia. El concepto, la idea, siempre había estado ahí, en miradas, gestos, indirectas, conversaciones torpemente cifradas con mi suegra, etc… Pero nunca, nunca, esa amenaza fantasma se había materializado contra mi persona, y eso era algo que yo valoraba mucho.
Supongo que todas las mujeres tienen dentro a una pequeña mujer, y por mucho que se esfuercen en ser compresivas y razonables, esa pequeña mujer acaba saliendo a la luz.
La miré a os ojos (con dos cojones), me callé, y seguí jugando.
Y entonces, un nuevo pensamiento se unió a mi larga lista mental, y pude terminar la velada con una media sonrisa que anticipaba la publicación de este post:
5) Pues tu roncas.

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